“Otra cosa es con guitarra: cuando la teoría educativa choca con la realidad del aula”

En el panorama educativo chileno, uno de los temas más preocupantes es el constante emplazamiento y hostigamiento que sufren los docentes por parte de apoderados, situación que en muchos casos no encuentra respaldo por parte de los equipos directivos. Los profesores, lejos de ser reconocidos como profesionales de la enseñanza, se ven expuestos a cuestionamientos permanentes sobre su labor pedagógica y hasta su capacidad para orientar a los estudiantes. Esta presión, sumada a la falta de apoyo institucional, debilita significativamente su autoridad en el aula y genera un clima de desconfianza. ¿Cómo puede prosperar el aprendizaje si quienes lo conducen son deslegitimados en su propia labor?

Durante décadas, el magisterio fue considerado un pilar social, un oficio cargado de respeto. Hoy, sin embargo, los docentes deben enfrentar un escenario en el que su palabra es puesta en duda, mientras las familias exigen resultados inmediatos y otras disciplinas parecen adjudicarse un conocimiento mayor sobre cómo enseñar. ¿No es acaso reduccionista pensar que la enseñanza es solo técnica, cuando en realidad implica un proceso humano, integral y profundamente ético?

La pérdida de autoridad no solo afecta la autoestima profesional de los maestros, también erosiona el proceso educativo mismo. Cuando los estudiantes perciben que su profesor es constantemente desautorizado, se instala la idea de que “cualquiera puede enseñar”. Pero enseñar no es repetir contenidos: es guiar, motivar y construir sentido crítico. ¿Qué consecuencias tendrá a largo plazo una sociedad que desconfía de quienes transmiten y generan conocimiento?

A esto se suma la falta de habilidades parentales y estilos de crianza distorsionados. Muchos apoderados, desde el temor a poner límites, justifican conductas inadecuadas de sus hijos, debilitando así el trabajo escolar. Los docentes terminan asumiendo también roles de contención emocional y educación en valores, lo que desborda sus funciones. ¿Puede sostenerse una escuela sin el respaldo del hogar? ¿Hasta qué punto la crianza compartida se ha transformado en un desafío pendiente entre familias y sistema educativo?

Finalmente, los nuevos desafíos de la educación –la inclusión, la atención a estudiantes con necesidades educativas especiales, la salud mental, el impacto de la tecnología y la diversidad cultural y social– complejizan aún más el escenario. Lejos de ser un problema, la diversidad es una riqueza, pero requiere preparación, recursos y apoyo que muchas veces los docentes no reciben. ¿Cómo avanzar hacia una educación inclusiva si se deja la carga solo en los hombros del profesorado? Recuperar el valor y la autoridad docente no implica excluir otras miradas, sino reconocer al profesor como articulador del proceso educativo y promover un pacto social que devuelva dignidad a la profesión y corresponsabilidad al hogar.

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