Criar, educar y acompañar desde la emoción

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Durante mucho tiempo entendimos la educación principalmente como la transmisión de contenidos, normas y hábitos. Aprender a leer, escribir, memorizar o resolver problemas parecía suficiente para preparar a niños y niñas para la vida. Sin embargo, hoy existe cada vez más conciencia sobre la importancia del mundo emocional en el desarrollo humano.

La educación emocional no consiste solamente en hablar de emociones, sino en aprender a reconocerlas, comprenderlas y expresarlas de manera saludable. Implica desarrollar habilidades como la empatía, el autocontrol, la comunicación y la capacidad de construir vínculos sanos. El psicólogo Daniel Goleman señala que estas competencias son fundamentales para el bienestar personal y la convivencia social.

Esto nos invita a reflexionar sobre una pregunta importante: ¿estamos educando únicamente para el rendimiento y la obediencia, o también estamos enseñando a comprender lo que sentimos y a relacionarnos de forma más consciente con los demás?

La infancia es una etapa especialmente sensible, porque es allí donde comienza a construirse la imagen que niños y niñas tendrán de sí mismos y del mundo. Cuando un niño crece sintiéndose escuchado y validado emocionalmente, aprende que sus emociones tienen valor y que puede expresar tristeza, miedo o frustración sin sentirse rechazado.

El neuropsiquiatra Boris Cyrulnik explica que los vínculos afectivos seguros favorecen el desarrollo de la resiliencia y la fortaleza emocional. Muchas veces, más que evitar todas las dificultades, lo que realmente protege a un niño es contar con adultos capaces de acompañarlo emocionalmente.

Detrás de muchas conductas que preocupan o incomodan suele existir una emoción que aún no encuentra la forma de expresarse. A veces la rabia puede esconder tristeza, el silencio puede reflejar miedo y una pataleta puede estar relacionada con cansancio, inseguridad o necesidad de atención.

Por eso resulta importante preguntarnos: cuando un niño llora, se frustra o reacciona emocionalmente, ¿intentamos comprender lo que le ocurre o solo buscamos que deje de manifestarlo?

Con frecuencia, los adultos repetimos frases que también escuchamos en nuestra propia infancia: “no es para tanto”, “deja de llorar” o “tienes que ser fuerte”. Aunque muchas veces se dicen sin mala intención, estas expresiones pueden transmitir la idea de que sentir ciertas emociones es incorrecto o incómodo. Sin embargo, las emociones no desaparecen cuando se silencian; simplemente encuentran otras formas de manifestarse.

El especialista Rafael Bisquerra plantea que la educación emocional es un aprendizaje permanente. No es una necesidad exclusiva de niños y niñas; también los adultos necesitamos aprender a reconocer nuestras emociones, nuestros límites y nuestras formas de relacionarnos.

Acompañar emocionalmente a la infancia también puede llevarnos a reflexionar sobre nuestra propia historia: cómo aprendimos a expresar emociones, qué sentimientos aún nos cuesta comunicar y de qué manera enfrentamos hoy nuestras propias dificultades emocionales.

En el contexto escolar, las emociones también cumplen un rol central. Un niño que siente ansiedad, miedo o inseguridad difícilmente podrá concentrarse plenamente en aprender. Como señala la educadora Mar Romera, “la emoción decide qué aprendemos y qué no aprendemos”, recordándonos que el aprendizaje y el bienestar emocional están profundamente relacionados.

Actualmente observamos con frecuencia niños, adolescentes y adultos emocionalmente sobrecargados. La ansiedad, la irritabilidad y las dificultades para comunicarse o convivir forman parte de muchos espacios cotidianos. Frente a esta realidad, la educación emocional deja de ser un complemento y se convierte en una necesidad.

Tal vez una de las preguntas más relevantes sea qué tipo de adultos queremos formar: personas que aprendan a ocultar lo que sienten o personas capaces de expresar sus emociones con respeto, empatía y conciencia.

Educar emocionalmente no significa evitar el dolor ni criar niños perfectos. Significa enseñar que todas las emociones tienen un lugar, que pedir ayuda es válido y que los vínculos pueden transformarse en espacios seguros donde sentirse escuchado y acompañado.

Porque muchas veces, lo que más necesita un niño no es un adulto que tenga todas las respuestas, sino un adulto capaz de escuchar, contener y permanecer presente incluso en los momentos emocionalmente difíciles.

Jessica Ortega Palavecinos

Docente y escritora

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