No todos los estudiantes llegan al colegio después de haber desayunado. No todos llegan sabiendo que habrá almuerzo al volver a casa.
Cuando hablamos del aprendizaje, solemos poner la mirada en las notas, la asistencia, la concentración o la motivación. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en todo aquello que ocurre antes de que un estudiante entre a la sala de clases.
La verdad es que aprender no comienza el primer día de escuela, comienza incluso antes del nacimiento. Comienza durante la gestación, cuando una mujer puede – o no – acceder oportunamente a controles prenatales, a una alimentación adecuada, a un entorno protector y a una red que la acompañe emocional y socialmente. Continúa con un nacimiento seguro, el apego temprano, la lactancia, los controles de niño sano, la estimulación temprana, las vacunas, el juego, el lenguaje y la posibilidad de crecer en un ambiente donde existan afecto, seguridad y oportunidades para desarrollarse.
Como ha demostrado el pediatra Jack P. Shonkoff las experiencias tempranas moldean el desarrollo cerebral y tienen efectos duraderos sobre el aprendizaje, la salud y el bienestar a lo largo de toda la vida. El cerebro no espera que un niño entre al colegio para comenzar a aprender; se desarrolla desde el inicio de la vida, profundamente influenciado por el entorno.
Cuando finalmente un niño o una niña llega a la sala de clases, no parte desde una línea de inicio común. Llega con una historia, con fortalezas, pero también con desigualdades acumuladas durante sus primeros años. Luego aparecen nuevas diferencias.
Mientras algunos estudiantes llegan después de un desayuno nutritivo, otros asisten con hambre. Mientras unos regresan a un hogar donde alguien preparó el almuerzo y puede ayudarlos con sus tareas, otros vuelven a una casa vacía, deben cuidar a sus hermanos menores o enfrentan la incertidumbre de no saber si habrá comida suficiente ese día.
Hay quienes cuentan con libros, internet, un computador y un espacio tranquilo para estudiar. Otros intentan aprender en medio del hacinamiento, el ruido, la violencia, la enfermedad, el consumo problemático o la preocupación constante por las necesidades básicas de su familia. Y, aun así, esperamos que todos obtengan los mismos resultados.
Como trabajadora social he aprendido que la pobreza no es solamente la falta de ingresos. También es la falta de oportunidades, de tiempo, de redes de apoyo, de seguridad y de condiciones que permitan desplegar el potencial de una persona.
Michael Marmot, uno de los mayores referentes mundiales en Determinantes Sociales de la Salud, ha demostrado que las oportunidades para vivir, aprender y desarrollarse no dependen exclusivamente de las decisiones individuales, sino de las condiciones sociales en las que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen.
En la misma línea, Amartya Sen plantea que el verdadero desarrollo no consiste únicamente en disponer de recursos, sino en contar con las capacidades y las oportunidades reales para elegir y construir el proyecto de vida que cada persona valora. Las capacidades pueden estar presentes; lo que muchas veces falta son las oportunidades para desarrollarlas.
Pierre Bourdieu explicó que las desigualdades también se transmiten mediante el acceso desigual al capital cultural: el lenguaje, los libros, las conversaciones, las expectativas familiares y las oportunidades de aprendizaje. No todos los niños llegan a la escuela con el mismo «equipaje». Algunos crecieron en hogares donde se les enseñó a preguntar, a opinar, a explorar y a confiar en que podían aprender. Otros crecieron escuchando que había cosas «que no eran para ellos», que primero había que sobrevivir antes que soñar. Ninguna de esas experiencias define sus capacidades, pero sí condiciona las oportunidades con las que inician su trayectoria educativa.
La desigualdad no solo se expresa en el ingreso económico. También está presente en las conversaciones que ocurren – o no ocurren – dentro del hogar; en el tiempo disponible para leer un cuento, responder una pregunta o escuchar con atención a un niño; en la posibilidad de estimular su curiosidad, fortalecer su autoestima y hacerle sentir que el conocimiento también le pertenece. Ese es el capital cultural del que hablaba Bourdieu: recursos invisibles que muchas veces la escuela da por supuestos, pero que no todos los estudiantes han tenido la oportunidad de construir.
Por eso, cuando un estudiante presenta dificultades de aprendizaje, bajo rendimiento o inasistencia, la primera pregunta no debería ser únicamente qué está ocurriendo en el colegio. También deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo en su vida.
No se trata de bajar las expectativas ni de justificar todas las dificultades. Se trata de comprender que la equidad no consiste en tratar a todos exactamente igual, sino en reconocer que no todos parten desde el mismo lugar.
Paulo Freire nos recordaba que la educación nunca es neutral. Educar implica comprender la realidad de las personas y generar oportunidades para transformarla, no ignorarla.
Porque el talento puede nacer en cualquier hogar. Las oportunidades, lamentablemente, todavía no. Y mientras existan esas brechas, nuestro desafío no será únicamente enseñar, sino también mirar, comprender, detectar, intervenir y fortalecer. Porque una educación verdaderamente inclusiva no solo transmite conocimientos: reconoce los contextos, amplía las oportunidades y cree profundamente en las capacidades de cada niño, niña y adolescente, incluso cuando las circunstancias aún no han creído en ellos.
Maritza Ortega Palavecinos
Trabajadora social y Administradora pública.



